Miccailhuitl. Festividad de Muertos.

Por: Karloz Miranda Yaoehecatl

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“Día de muertos”, a eso se redujo una celebración que en el México antiguo era de por lo menos cuarenta días, dos “veintenas” o cempoallapohualli correspondientes al calendario solar o Xiuhpohualli. La “celebración” del “día de muertos”, o Miccailhuitl, es una tradición autentica y totalmente mexicana que proviene desde tiempos muy antiguos.

El culto a los muertos se fue gestando desde la aparición de las primeras culturas antiguas que habitaron el territorio denominado mesoamericano. Con la cultura Olmeca inicia la asociación de conceptos ideológicos vinculados con la muerte y el inframundo: el jaguar, la montaña, la cueva, la obscuridad, el frío, la noche.

Antiguamente, la celebración de Miccailhuitl era en realidad, más que una “celebración”, una festividad religiosa, un acto ceremonioso y ritual para recordar, honrar y conmemorar a las personas que concluían su tiempo de vida en esta tierra, y cuyo tonalli (energía, alma o espíritu) habría de ir a alguno de los cuatro lugares a los que se creía que iban los “muertos”, según la cosmovisión de los antiguos mexicanos.

Recordar y honrar a los ancestros

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Miccailhuitl era también una ceremonia para agradecer a los que nos habían antecedido y nos heredaron un legado cultural. Recordarles por sus aportes, su enseñanza, su forma de ver y entender el mundo a través de la vida y la muerte, por el conocimiento compartido. Era una ceremonia de agradecimiento, de reconocimiento, de respeto, y para volver a convivir con ellos en el recuerdo, recordando su vida, sus hechos.

Los antiguos mexicanos no olvidaban a sus ancestros, los llevan en su memoria, en su corazón, en sus tradiciones y costumbres. Incluso, literalmente, no los olvidaban, pues a veces, a algunos de ellos, los llevaban envueltos, sus huesos, sus reliquias, en mantas, haciendo con ellos unos bultos mortuorios que ellos llamaron tlaquimilolli (cosa envuelta). Queda de manifiesto que los antiguos mexicanos no olvidaban a sus muertos, pues incluso habrían de cargar con ellos si tuvieran que migrar a otro lugar, como lo hicieron en el pasado.

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Cuarenta días

A diferencia de la actual celebración de “día de muertos” que se realizan los días 1 y 2 de noviembre, en el México antiguo esta tradición de recordar, conmemorar, y convivir con los descarnados, duraba cuarenta días, dos “veintenas” o cempoallapohualli[1] de su antiguo calendario, es decir, dos meses de veinte días.

Las “veintenas” del calendario antiguo en los que se conmemoraba a los ancestros fueron los “meses” noveno y décimo correspondientes al calendario civil o solar conocido como Xiuhpohualli. Estos meses eran: Tlaxochimaco (ofrenda de flores) también llamado Miccailhuitontli, que significa, “la pequeña festividad de los muertos” o “celebración a los muertecitos”, y Xocotl Huetzi (la caída del xocotl), también llamado Huey Miccahiluitl, que quiere decir, “La gran festividad de los muertos”.

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Miccailhuitontli

Miccailhuitontli se celebraba del 12 al 31 de julio, según los informes de fray Bernardino de Sahagún,[2] o del 8 al 27 de agosto según fray Diego Durán.[3] Huey Micailhuitl, “la gran festividad de muertos” se celebraba del 1 al 20 de agosto según Sahagún,[4] o del 28 agosto al 16 de septiembre según Durán.[5]

En la cempoallapohualli o “veintena” de Micailhuitontli se conmemoraba a los “niños inocentes muertos” por lo cual también se le llamaba la “festividad de los muertecitos”. Se ofrendaba cacao, cera, aves, frutas, semillas, copal y comida.[6] Los hombres danzaban con las mujeres tomados de las manos o abrazados, danzaban despacio, suave, de manera ceremonial; y cantaban en los patios de los templos hasta muy entrada la noche.[7]

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La figura del signo de estos días era un muerto amortajado “a la manera que ellos amortajaban” (con manta y red) sentado en un icpalli (silla o trono) pintado entre nubes.[8] En aquellos días, los ancianos bañaban a los niños, les cortaban el pelo, los ungían y los emplumaban; ofrecían ese servicio para que estos pequeños no murieran.[9]

En este mes iban a la montaña y cortaban un gran árbol al cual le quitaban la corteza y alisaban. A este gran madero hacían ceremonia y consagraban con humo de copal, danzas y cantos. Tenían acostado este madero y lo tenían en preparación para cuando fuera levantado en el mes siguiente. A este gran madero llamaban: Xocotl

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Huey Miccailhuitl

En la cempoallapohualli o “veintena” de Huey Micailhuitl, “la gran festividad de los muertos”, se conmemoraba a los muertos grandes, adultos. Esta festividad religiosa era una de las principales de todo el año. Los tlamacazqueh (sacerdotes) se atuendaban con sus mejores indumentarias, rica plumería, oro y piedras preciosas; lo mismo hacia el resto de la población.

Así, los ministros del templo levantaban en el patio del teocalli el gran madero llamado Xocotl y en su cúspide ponían un ave o pájaro hecho de masa de amaranto (tzoalli),[10] el cual debían bajar y derribar el madero tras varios rituales, por eso se le llamaba a esta ceremonia Xocotl Huetzi que quiere decir, “la caída del Xocotl (del madero)”[11]

Se ofrendaba en estos días mucha comida y “vino de la tierra”, es decir, pulque. Los hombres y mujeres realizaban una danza muy solemne alrededor del Xocotl antes de derribarlo, e iban ricamente ataviados con plumas y joyas; en los brazos y piernas llevaban plumas rojas. En estos días, todos tenían permiso para beber pulque, a excepción de los jóvenes que les estaba prohibido so pena de castigo.[12]

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Teotleco

Es posible que la “veintena” que tiene por nombre Teotleco (“la llegada de los dioses”) haya sido también una “veintena” en la que se conmemoraba a los muertos. Fray Bernardino de Sahagún menciona como la noche anterior de la festividad, los mexicanos colocaban

“un petate de harina de maíz… En este montoncillo imprimían los dioses la pisada de un pie en señal que había llegado”.[13]

En algunos pueblos o comunidades indígenas se continua esta costumbre, pero es para saber si llegaron sus muertos. Es posible que Teotleco signifique “la llegada de los muertos”, pues el término Teotl, dependiendo del contexto, además de significar “dios” o “divinidad”, también significaba “muerte” o “muerto”.[14] Cabe recordar que, en la concepción de los antiguos mexicanos, la muerte divinizaba al ser humano, es decir, lo convertía en un dios.

Esto último sucedía sólo con algunas personas, aquellas que fueran merecedoras de alcanzar dicho estatus, o de accesar a las jerarquías divinas o celestiales. Por supuesto, no ocurría con todas las personas (tampoco se emocione).

Tonatiuhichan. La casa del sol.

Cuatro eran los lugares a donde iban los muertos, según las creencias de los antiguos mexicanos. El lugar de destino estaba determinado por la manera en que la persona moría.

Si morían peleando en un campo de batalla, según era el caso de los guerreros, estos iban a la casa del sol, al Tonalcalco o Tonatiuhichan, pues el sol era considerado el “guerrero mayor” ya que todos los días salía victorioso y triunfante de su paso por el Mictlan en donde había vencido a la muerte. Se creía que estos guerreros acompañaban al sol en su trayecto celeste.

También, aquellas mujeres que morían en su primer parto eran consideradas guerreras, pues habían librado una batalla para poder dar a luz y habían otorgado un nuevo guerrero a esta sociedad militarista, y se decía que al morir iban a la casa del sol. Estas mujeres muertas llamadas cihuateteo acompañarían al sol en su recorrido del atardecer, cuando el “gran guerrero” estuviera a punto de entrar al Mictlan y librar una nueva batalla. A este tiempo-espacio en que las mujeres muertas consideradas guerreras acompañan al sol desde el cenit hasta la puesta de éste en el poniente se le llama: cihuatlampa.

Se creía que después de cuatro años, estos guerreros que estaban en el Tonalcalco, podían regresar a la tierra en forma de colibrí o mariposa y podían visitar a sus familiares, descendientes o amigos.

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El Tlalocan

Si la persona moría ahogada, o su muerte tenía alguna relación con el agua, entonces se pensaba que iba al Tlalocan, el lugar de Tlaloc, el señor de las aguas celestiales, de las montañas y de la tierra fértil. Se creía que el Tlalocan era una especie de “paraíso” en el que abundaban todo tipo de plantas, flores y frutos, verdes valles y montañas frondosas, ríos y lagos; un lugar lleno de vida en el que las personas estarían muy contentas.

El Mictlan

Si la persona moría de muerte natural, entonces iría al Mictlan, el lugar de la muerte, de la quietud, del eterno reposo. Antes de llegar a este lugar, tendrían que pasar por nueve obstáculos y peligrosas pruebas, conocidos como “niveles o pisos del inframundo” los cuales tendrían que ir salvando uno por uno.

En el primer nivel, llamado Itzcuintlan o Apanohuayan, “el lugar de los perros” o “ el lugar donde se tiene que cruzar el gua”, respectivamente, el muerto debía cruzar un enorme río, para lograrlo, un perro de color bermejo le reconocería como su antiguo amo y lo ayudaría a cruzar el río.

En el segundo nivel, llamado Tepetl Monamicyan, “el lugar de las montañas que se juntan”, era un lugar en el que había dos montañas que chocaban entre si, el difunto debía pasar por el único camino existente entre estas dos montañas, calculando el momento propicio para pasar y no quedar atrapado o aplastado.

El tercer nivel era llamado Itztepetl, “montaña de obsidiana”, era un lugar con una montaña cubierta con navajas de obsidiana, el muerto debía escalar y cruzar esta montaña siendo cortado y desgarrado por las filosas obsidianas.

El cuarto nivel era un lugar de fuertes y fríos vientos, cortantes como obsidiana, cubierto de hielo y nieve, conocido como Itzehecayan, “lugar de viento de obsidiana”. Se decía que este lugar era una sierra con aristas cortantes compuesta de ocho collados en los que siempre caía nieve.

El quinto nivel era conocido como Pancuecuetlacayan, “el lugar donde flotan las pantlis” (banderas o estandartes). Era un enorme desierto gélido constituido por ocho paramos, aquí también soplaban fuertes vientos gélidos. Se decía que el muerto tendía a ser elevado por los vientos y volar o flotar como bandera. Debía buscar la manera de no ser arrebatado bruscamente por los vientos y cruzar ese camino.

El sexto nivel era el Temiminaloyan, “el lugar donde la gente es flechada”. En este lugar existía un largo camino en cuyos costados aparecían unas manos que lanzaban puntiagudas flechas a los muertos para atravesarlos y desangrarlos, por lo que debían evitar a toda costa ser flechados.

El séptimo nivel era el Teyolocualoyan, “el lugar donde se come el corazón de la gente”. Aquí habitaban fieras salvajes, se cree que eran jaguares, que atrapaban a los caminantes y les abrían el pecho para comerles su corazón, sin éste el difunto caía a un río de aguas negras en que quedaría atrapado y muy difícilmente podría salir. Por esa razón debía evitar encontrarse con el jaguar, pero sí lo encontraba, llevaría consigo un jade verde el cual ofrecería al felino a cambio de que no se comiera su corazón.

El octavo nivel se llamaba Itzmictlan Apochcalocan, “el lugar de la muerte de obsidiana y de la casa que humea con agua”, era un lugar lleno de humo, de neblina, que cegaba a los muertos, no les permitía ver el camino, perdiéndose incontables veces.

El noveno nivel era un enorme valle compuesto de nueve ríos profundos, a este lugar llamaban Chicnahuapan “el lugar de los nueve ríos”. El muerto debía cruzarlos para por fin llegar al Mictlan, el lugar en done habitaban Mictlantecuhtli “el señor de la muerte” y Mictecacihuatl, “la mujer de la muerte”, la pareja del inframundo. Estos le recibirían finalmente para otorgarle el descanso y el reposo eterno.

Se creía que el tiempo que duraba en cruzar el muerto los nueve obstáculos era de cuatro años, tiempo en el que sus familiares hacían ofrendas, ritos y ceremonias para que su muerto pudiera llegar a salvo al Mictlan. Después de estos cuatro años, no le hacían más ceremonias, el muerto estaba por fin descansando.

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El árbol de leche

El cuarto y último lugar a donde iban los muertos, estaba destinado a los niños. Cuando estos pequeños morían por cualquier causa, se decía que iban a un lugar en donde existía un enorme árbol de cuyas frondosas ramas escurría leche para que éstos pudieran beberla y seguir alimentándose. Este lugar era conocido como Chichihuacuauhco, “el lugar del árbol con chichis” o “del árbol de leche” como le llaman otros, era en fin un árbol nodriza. Algunos creían que estos niños, cobijados por las grandes ramas de este inmenso árbol, poblarían nuevamente la tierra cuando la humanidad actual fuese de nuevo destruida. Así, en un lugar de muerte, se gesta la vida.

Ciclo existencial

La muerte fue para los antiguos mexicanos en realidad una prolongación de la vida, de la existencia. El Tonalli de las personas iría a algún lugar en donde continuaría existiendo y cumpliendo con alguna función. La muerte como una conclusión total y definitiva de la vida no existía en la cosmovisión mesoamericana.

La gente iba a algún lugar por la manera en que moría a diferencias de algunas otras religiones en el que tu destino después de la muerte esta determinado por el acto de creer, si crees “aquello o lo otro”, o por una elevada moral, “si te portas bien, si te portas mal”. Y por último, según algunos estudiosos de las practicas indigenas, los antiguos mexicanos se despedían diciendo: “y que la muerte que traes a tus espaldas, te de larga vida”.

Totazqueh!!!!

[1] Patrick Johansson K., Cempoallapohualli. La “crono-logía” de las veintenas en el calendario solar náhuatl, México, Estudios de Cultura Nahuatl, Universidad Nacional Autonoma de México, Vol. 36, pp. 149-184

[2] Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las Cosas de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 2006, p. 82

[3] Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme, México, Editorial Porrúa, 2006, p. 269

[4] Fray Bernardino de Sahagún, Op. cit., p. 83

[5] Fray Diego Durán, Op. cit., p. 271

[6] Ibidem, p. 270

[7] Sahagún, Op. cit., pp. 82-83

[8] Durán, Op. cit., p. 270

[9] Idem

[10] Sahagún, Op. cit., p. 82

[11]Durán, Op. cit., p. 272

[12] Ibidem, pp.272-273

[13] Sahagún, Op. cit., p. 85

[14] Clases de Lengua Nahuatl. Maestros: Lucio Carpanta Tlanextic; Víctor Linares Itzcuauhtli; Jose Luis Chavez Xolotl

Post Author: Apromeci

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