499 años de la noche de Cuitlahuac

Por: Karloz Miranda Yaoehecatl

El pasado 30 de Junio se cumplieron 499 años de la victoria del ejercito tenochca, comandado por Cuitlahuac, sobre los españoles de Hernán Cortés y sus aliados indígenas. Fue en aquel año de 1520, el episodio de la “noche triste” para los invasores hispanos y la “noche victoriosa” de los mexicas.

La batalla

Aquella noche lluviosa se enfrentaron, por vez primera, la espada de acero española y la macuahuitl mexihca con filos de obsidiana. Nunca antes los españoles, desde su llegada al continente americano, habían enfrentado a un ejercito de verdad, nunca antes habían luchado contra hombres formados y preparados para la guerra. La batalla fue sangrienta.

Esa noche, los españoles trataron de huir de Tenochtitlan con todo el oro robado durante su estancia en la ciudad, después de haber perpetrado una gran matanza en el Huey Teocalli (Templo Mayor) y haber asesinado posteriormente al Tlahtoani Motecuhzoma Xocoyotzin. Quisieron huir por una de las calzadas, la que llevaba al rumbo de Tlacopan (hoy Tacuba), pero los mexicas se dieron cuenta de la huida y les cerraron el paso, dándose el enfrentamiento entre los dos ejércitos.

Cuitlahuac, capitán de guerra, guerrero indomable, acompañado de su joven primo, Cuauhtemoc y muchos otros guerreros y tlacochcalcatl o capitanes de guerra, luchaban juntos, palmo a palmo, para derrotar al ejercito español y sus aliados, y echarlos de su tierra del Anahuac.

La batalla ocurrió en el espacio limitado de una de las tres calzadas de la ciudad-isla, en la que iba hacia el poniente, como se menciono, hacia Tlacopan. La calzada, aunque limitada, era amplia, se dice que cabían 20 hombres de a caballo a lo ancho. Hoy, esa calzada se conoce con el nombre de “calle de Tacuba” y se continua hasta la avenida Hidalgo, Puente de Alvarado y avenida “México-Tacuba”.

Cuitlahuac mandó quitar los puentes que unían la calzada, y ordenó el ataque por los flancos. Decenas de canoas con arqueros atacaron por ambos costados a los invasores, mientras otros guerreros mexicas se sumergían en el lago para llegar a la calzada y enfrentar a los españoles cuerpo a cuerpo. La macuahuitl contra la espada, la lanza española contra la lanza tenochca, el acero contra la obsidiana.  Los fragmentos de obsidiana volaban al aire al choque con las armaduras de hierro de los españoles; otras, encontraban su objetivo hundiéndose en los cuerpos de los enemigos.

Los españoles se encontraron acorralados. No podían continuar su huida. Al frente, un grupo cada vez mayor de guerreros mexicas les cerraba el paso, además de que les habían quitado los puentes. Atrás de ellos, en la retaguardia, los españoles y sus aliados pasaban serias dificultades para detener la fuerza tenochca que se les venía encima.

Gritos de guerra, lucha cuerpo a cuerpo, la lluvia arremete con fuerza, sangre escurriendo por brazos y piernas, lanzas atravesando cuerpos, sonidos de caracoles, retumbar de tambores, flechas de obsidiana surcando el aire, cuchillos arrancando el último suspiro… Guerra sangrienta, cruenta y despiadada. Y sin embargo, los mexicas no querían matar a los españoles en el momento, los querían capturar vivos. Doble esfuerzo, cuidar que no te maten y cuidar de no matar al enemigo, que mejor que hacerles pagar su afrenta ofrendándolos vivos. No con todos fue posible.

En un acto desesperado muchos españoles brincaron al lago pensando en nadar y llegar al otro extremo de la calzada, pero el exceso de peso que llevaban, ya que no quisieron dejar el oro que cargaban y se lo guardaron entre sus ropas, hizo que se hundieran en el fondo de la laguna.

Esa noche, muchos españoles, y cientos o miles de sus aliados, murieron. Otros tantos fueron capturados. La situación para los invasores españoles fue tan caótica y dramática, como nunca antes lo habían vivido, que estuvieron todos a punto de encontrar la muerte esa noche fría y lluviosa. Rezando prometieron, que si salían de esa angustiosa, dramática y tormentosa situación con vida, harían una capilla en ese lugar donde luchaban por salvar su existencia.

Se dice que Pedro de Alvarado, uno de los capitanes de Hernán Cortés, dio un fenomenal y extraordinario salto con su caballo, donde se había quitado uno de los puentes, para llegar al otro extremo de la calzada y salvar su vida. Se menciona que fue tal la cantidad de muertos que quedaron en la laguna, que muchos de esos cuerpos apilados sirvieron como puente para permitir la huida de los sobrevivientes sobre la calzada.

El nigromante español

Esa noche, se encontró muerto el caballo de Blas Botello, uno de los más grandes nigromantes europeos que acompañó a los españoles y que le dijo a Cortés que esa noche tenían que salir todos de Tenochtitlan porque de no hacerlo, todos, sin excepción, iban a morir. Al hechicero se le había revelado el inminente final de los españoles. En el caballo de Blas Botello estaba amarrada su mochila, y en ella unos papeles donde se leía lo que parece ser un dialogo que tuvo con “alguien”, con quien consultaba la suerte que les esperaba a los españoles esa noche:

-“Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios”

-“No morirás”

– “Si me han de matar, también mi caballo”

– “Si matarán”

Fue un capitán español, Alonso de Ávila, quien encontró llorando a Blas Botello y al preguntarle que le pasaba, éste le dijo que había tenido visiones donde veía a todos los españoles muertos esa noche. El capitán lo llevó con Pedro de Alvarado y éste con Cortés. Les dijo que si no abandonaban la ciudad de Tenochtitlan esa noche, todos iban a morir.

Esa noche, muchos españoles murieron, otros fueron capturados, pero el cuerpo del nigromante europeo nunca apareció. Tampoco se supo, por ninguna fuente, que hubiese sido sacrificado. Si Blas Botello sobrevivió a la guerra, habría encontrado en los antiguos tlamacazqueh un símil con quienes continuar su camino.

El lamento de Cortés

Esa madrugada lluviosa, agitada, caótica y dramática, como pudieron, los invasores españoles y sus aliados escaparon y salvaron su vida. Después de la batalla, sentado a lado de un viejo ahuahuete, se menciona que, Hernán Cortés lloró su derrota. No se sabe con certeza si lloró por la derrota en sí que le propinaron los mexicas-tenochcas, o por la muerte de todos sus compatriotas soldados españoles, o por todo el oro que perdió en esa huida precipitada de Tenochtitlan.

Los españoles llegaron a un lugar, en un monte, donde se resguardaron y pudieron descansar del asedio mexica y sanar las heridas de sus soldados. Un soldado, Juan Rodríguez de Villafuerte, traía desde España una pequeña imagen de una virgen, la cual dejaron en ese lugar como muestra de agradecimiento por ayudarles a remediar sus heridas y continuar con vida.

La victoria mexica

Mientras tanto en Tenochtitlan todo era algarabía y alegría, habían logrado derrotar a los españoles y cobrarse la afrenta que éstos habían hecho a su gente: la matanza perpetrada en el Templo Mayor, la muerte de su Tlahtoani Motecuhzoma Xocoyotzin así como de muchos otros tlacochcalcatl, capitanes de guerra. Los cantos de jubilo y guerra continuaban sin cesar. Esa noche Tenochtitlan no durmió y celebró la victoria.

Esa noche, Cuitlahuac, que había sido nombrado Tlahtoani para suplir en el cargo a su hermano Motecuhzoma Xocoyotzin, por fin esbozaba una sonrisa tenue. Saboreaba la victoria junto con sus demás guerreros. Desde un principio no había estado de acuerdo con el recibimiento de los invasores, tal y como lo había estado Xicotencatl, el joven príncipe heredero del señorío de Tlaxcala, el cual fue asesinado por oponerse a una alianza con los españoles. Esa noche, por fin Tenochtitlan se había librado de la presencia incomoda de los españoles. Esa noche, por lo pronto, Tenochtitlan podría descansar.

Sin embargo, Cuitlahuac, Cuauhtemoc y todos los demás tlacohcalcatl y guerreros no estaban del todo satisfechos, sabían que esa victoria no era perenne y que pronto había de continuar la guerra… como ocurrió.

Poco después el gran comandante en jefe de las fuerzas armadas tenochcas, Cuitlahuac, moriría de una extraña enfermedad, desconocida entonces para los mexicas: la viruela. La estancia de los invasores españoles en la ciudad había dejado sus estragos. Habían logrado los mexicas echar de la ciudad a los españoles, pero éstos habían dejada infectada la ciudad, incubada con un virus que a la postre causaría una gran mortandad en la población nahua. Entre las miles de bajas por la epidemia que azotó a Tenochtitlan, murió Cuitlahuac a los 44 años de edad, y muchos otros guerreros valiosos para la defensa de la ciudad.

La iglesia de San Hipolito

Después de la guerra los españoles cumplieron su palabra, y como agradecimiento construyeron una pequeña ermita en el lugar donde salvaron la vida aquella noche lluviosa y dramática del 30 de Junio y la madrugada del 1º de Julio. Construyeron la ermita, se menciona, justo enfrente donde sucedió una de las batallas más feroces y sangrientas, y donde estuvieron todos ellos a punto de morir. Llamaron a esta pequeña iglesia “Ermita de los Mártires”, en honor a sus compañeros soldados. Después, para conmemorar el día en que los españoles vencieron a los mexicas y sus aliados, logrando la rendición de Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, decidieron tomar el nombre del santo de ese día para ponérselo a la ermita, la cual remodelaron e hicieron más grande, construyendo el templo que con el tiempo se conoció como la “Iglesia de San Hipólito”. Actualmente esta iglesia se conoce con el nombre de “San Judas Tadeo” ubicada en la Avenida Hidalgo y el cruce con Paseo de la Reforma (muy cerca del metro Hidalgo).

Puente de Alvarado

El lugar exacto donde, según, Pedro de Alvarado brincó con su caballo una parte de la calzada donde no había puente para salvar su vida, no se conoce, pero en honor a esa supuesta hazaña le pusieron su nombre a una parte de la Avenida México-Tacuba y hoy se conoce ese tramo como “Puente de Alvarado” (entre el metro San Cosme y el metro Hidalgo). La calzada lleva el nombre de uno de los capitanes de guerra de Hernán Cortés quien posteriormente habría de llevar a cabo una campaña militar para someter a la población chichimeca y otomi de la región del bajío. Esta guerra que llevó a cabo Pedro de Alvarado junto con otro capitán español, Nuño Beltrán de Guzmán, se conoció como “la guerra del Mizton”.

El árbol de la noche “triste”

El ahuehuete donde se lamentó y lloró su derrota Hernán Cortés es muy probable que haya sido el que se encuentra en el Cerro de Moctezuma en la comunidad de San Juan Totoltepec, o en el Cerro de Otomcalpulco (casa de los otomíes), ambos en Naucalpan, y no el que se encuentra en Popotla. El de Popotla se encuentra demasiado cerca de lo que fue Tenochtitlan, de haber sido así, es muy probable que los mexicas los hubieran alcanzado y aniquilado.

La iglesia de los Remedios en Naucalpan

En el lugar donde los españoles se detuvieron a descansar, reponerse y sanar las heridas de sus soldados, y dejaron una pequeña imagen de la virgen que traían consigo en el cerro de Otomcalpulco, se construyó una pequeña ermita que con el tiempo se hizo una iglesia. Este lugar es conocido en la actualidad como la “Iglesia de los Remedios” en Naucalpan. Se llama de “los Remedios” porque ahí remediaron sus heridas los españoles.

El monumento a Cuitlahuac

Sobre Cuitlahuac, sólo queda un monumento sobre la Avenida Reforma al cruce con la Avenida Ricardo Flores Magón, se conoce como la “Glorieta Cuitlahuac”, a la altura de Tlatelolco o, del otro lado de la avenida, de Tepito. Un lugar olvidado, sucio, maloliente, basurero, y que se ha convertido en refugio de indigentes. La estatua a Cuitlahuac, en una de sus manos, portaba una macuahuitl, el arma mexica con filo de obsidiana, la cual fue rota quedando la mitad de ella, y ahora, a desaparecido por completo.

En el año 2004 un grupo de danzantes aztecas realizamos la primer marcha en honor a Cuitlahuac en el monumento que ahí se encuentra, pintamos su nombre de dorado y limpiamos ese lugar, ofrendamos danzas y cantos, continuando ese trabajo los dos años siguientes. La Delegación –ahora Alcaldía– Cuauhtémoc, debería encargarse y observar más por el resguardo adecuado de este monumento histórico y cultural.

A 500 años

Estamos a un año de que se cumplan 500 años de la victoria de los antiguos mexicanos, comandados por Cuitlahuac, sobre los españoles. Algo grande y digno tendremos que hacer. No solamente los grupos de danza azteca o las personas que forman parte de la Mexicayotl. También las autoridades gubernamentales deberían contemplar algo digno y no solamente un simple “homenaje”.

Existe un canto, creación del Jefe Ameyaltzin de danza azteca, y que se canta mucho en la Danza de Tradición Conchera, parte de la letra dice así:

“Estrellita que alumbras el Alba

Dile al mundo que aún vive Anahuac

Dile al mundo que el Señor Cuitlahuac

Aún defiende a su patria amada

Una noche se pierde en la historia

Una noche de luto y de gloria

Moctezuma murió prisionero

Cuitlahuatzin venció al extranjero…”

A la memoria de nuestro señor Cuitlahuatzin

Post Author: Apromeci

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