El respeto que merecen las plantas

Las diferentes  razas y pueblos de la Tierra, habiten en donde habiten, se encuentran con que les rodea un diferente panorama vegetal. Los unos son habitantes del bosque y a él acomodan las maneras de vivir; los otros vagan por la estepa o por el desierto desolado que les comunica, no ya sólo el modo de su vida material, sino hondas ideas y creencias de infinitud; los otros viven en las praderas y sabanas herbosas espléndidas y, sin duda, sus costumbres y su pensar tienen carácter peculiar distinto de los del hombre del bosque o del desierto.

Cualquiera sea el paisaje que nos rodee, el hecho es que por todas partes hay plantas y que hasta en los lugares más áridos no faltará, sin duda, algún arbolito solitario, algún espinoso matorral o alguna plantita humilde mirándose en nuestros propios ojos.

Las plantas no son, como las piedras, seres inertes, sino resuelta y decididamente seres vivos. Podemos observar que en el invierno se les cae las hojas a la mayor parte de los árboles, que de nuevo les aparecen hojas coincidiendo con la tibieza primaveral. Y que más tarde aparecen las flores, que al cabo terminan por convertirse en frutos. A su vez tales frutos acaban por desprenderse del árbol y abrirse para desparramar las semillas contenidas en su interior, cada una de las cuales, por su parte, dará origen a una nueva plantita. Hay, pues, todo un ciclo vital, un largo proceso que parece comenzar con la germinación de la semilla y terminar con los frutos, aún cuando en realidad, los fenómenos se sucedan unos a otros sin interrumpirse jamás.

Cuando vamos al campo y arrancamos plantas, incluso con sus raíces, al cabo de un cierto tiempo comienzan a marchitarse y secarse si antes de que ocurra no hemos tenido la precaución de meterlas en agua. Ello nos indica que las plantas tienen necesidad del agua para vivir.

Las plantas son, pues, seres tan vivos como nosotros o como pueden serlo los perros y los gatos. Con todo, nos separan de ellas algunas patentes diferencias, que procuraremos exponer en muy pocas palabras. Nosotros, y con nosotros muchísimos otros animales, nos podemos mover y trasladar de un punto a otro de la Tierra. Hasta los pájaros y los insectos vuelan en el aire y pueden trasladarse a largas distancias, y los peces moverse y nadar, con asombrosa velocidad, en el espesor de la masa líquida en que viven contenidos.

Las pobres plantitas, por el contrario, no pueden moverse del sitio en que han nacido espontáneamente o en que  la decisión del hombre las ha colocado.  Una amapola brotada en un punto del terreno de un trigal permanece allí toda su vida. Los vetustos dragos de las Islas Canarias permanecen desde hace cinco mil años en el mismo sitio, en que por azar, germinaron. Les sujeta la extraña conformación de sus órganos, algunos de los cuales penetran y se hincan en el suelo. De todas las partes de que un vegetal se compone, unas, como las raíces, se hincan y atraviesan el suelo, ahondándose cada vez más, y otras, como el tallo, las hojas, las flores y los frutos, se extienden y desenvuelven libremente en el aire. La planta es, pues, un ser vivo, distinto de los animales, algo raro y sorprendente que tiene unos órganos subterráneos, las raíces, y otros aéreos, en el resto del vegetal.

El hecho de que las raíces penetren y se inmiscuyan en la tierra, explica la recia sujeción de los vegetales al suelo. Las plantas que viven en terrenos sueltos y arenosos alargan mucho sus finas raicillas para hincarse más hondas y buscar nuevos puntos de sostén y de arraigo.

Si la planta es, como hemos convenido, un ser vivo, necesariamente habrá de alimentarse y de reproducirse. La hierba de los campos, el árbol del bosque, el rosal del jardín, necesariamente se alimentan para vivir y necesariamente también dan lugar a otras hierbas, a otros árboles y a otros rosales semejantes.

En los animales no hay más que dos tipos de alimentación. Unos se alimentan de vegetales, como la vaca y el conejo, y otros se alimentan de animales, como la comadreja, el tigre y el propio hombre,

Las plantas se alimentan de modo muy diferente. Con el aire, con el agua y con las substancias minerales disueltas tomadas al mismo terreno tienen bastantes para su alimentación.

Y no es esto sólo lo más notable y sorprendente de su vida,  sino que con estas mismas substancias –aire, agua y minerales- son capaces de elaborar azúcar y grasas. El azúcar de betabel y el de caña, con que nosotros endulzamos la mayor parte de nuestras bebidas, han sido exclusivamente elaborados por plantas determinadas. El aceite de oliva, empleado en nuestros guisos, ha sido elaborado por el árbol de olivo tan sólo valiéndose del aire, del agua y de la materia mineral contenida en el suelo.

Si arrancamos cualquier planta en el campo y la examinamos en una primera inspección, pronto advertimos sus componentes, a saber: raíz, tallo, hojas, flores y frutos.

La raíz, cuando joven, tiene la forma de un cilindro, terminado en punta cónica en su parte inferior y es, por lo general, blanquecina.

Generalmente, al arrancar una planta del suelo, por suave y atinado que sea el tirón, es forzoso que parte –la más fina y sutil de las raicillas- se quede, rota, en el interior del suelo.

Como esas roturas son inevitables, para observar debidamente una raíz, lo mejor es hacer que la raíz se vaya produciendo ante nuestros ojos y hacerla desenvolver en un medio blando. Para ello conviene cortar una rodaja de corcho, horadarla en su centro, poner en el orificio un poco de algodón en rama y depositar en este algodón un grano de chía o un frijol.

Preparado así el corcho, se coloca en la superficie del agua contendida en u frasco y se pone éste en una habitación templada. Es necesario mudar todos los días el agua del frasco.

A los pocos días, tras hincharse considerablemente el grano o semilla –por venir absorbiendo el agua que impregna o humedece el algodón que el corcho soporta-, germina la simiente y aparece una raíz, tierna y blanca. Lentamente se va alargando a través del agua y creciendo en el medio liquido, cuando ya tenga cierta fortaleza, podemos trasplantarla a la tierra.

Muchas veces cometemos verdaderos actos de vandalismo con las plantas pensando que no sienten nada. Si bien es cierto que la capacidad para sentir dolor es una característica seleccionada por la evolución para que los animales podamos huir de posibles peligros: por ejemplo, si acercamos los dedos al fuego sentimos el dolor que nos avisa que si no apartamos con rapidez la mano sufriremos graves quemaduras.

A las plantas, ancladas como están en la tierra, este mecanismo de alarma les sería, no sólo innecesario, sino incluso muy perjudicial (imagine sentir dolor sin poder huir) y a pesar de “carecer de sensibilidad” demostrado está que las plantas sufren mucho estrés. Una planta, al estar viva, merece respeto.

El hombre ha sabido adaptar la realidad a sus propias necesidades, ha sido capaz de utilizar la naturaleza y perfeccionarla acomodándola al modo de ser y a las necesidades humanas. Así por ejemplo, no se ha conformado con recolectar los frutos que la naturaleza le ofrece, sino que aprendió a sembrar y cosechar: primero manualmente, luego ayudado por animales y finalmente creando máquinas con esa finalidad. Nuestros sistemas de embalse y canalización permiten tener agua corriente en lugares en los que las lluvias son prácticamente inexistentes. El hombre “usa” la naturaleza para satisfacer sus necesidades, pero también, lamentablemente, muchas veces “abusa” de ella y acaba destruyéndola, provocando extinción de especies vegetales, deforestación, contaminación del agua y de la atmósfera… la historia depredatoria es muy larga.

Que el hombre no sea un ser natural más, no significa que sea “dueño de la naturaleza” o que pueda utilizarla de un modo arbitrario o agotar sus recursos indiscriminadamente: el hombre no posee derechos absolutos sobre la naturaleza, sino que debe administrar sus recursos naturales en un marco de respeto hacia la realidad natural en sí misma considerada y hacia las generaciones futuras.

Post Author: Apromeci

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