El Nahualtezcatl 13 Agosto 1521

Por: Yaoehecatl KM

Muerto ya Motecuhzoma Xocoyotzin, los cristianos ganaron la Ciudad de México, la gloriosa Tenochtitlan. Durante la batalla, dramática y sangrienta, en el patio de la Huey Teocalli, el Templo Mayor, Tetlepanquetzaliztli, señor de Tlacopan (Tacuba), Cuanacochtzin, señor de Tetzcoco, Ocuitzin, señor de Azcapotzalco, el señor de Culhuacan (llamado posteriormente “Don Pablo” en la época colonial), y Cuauhtemoctzin, señor de México, subieron las escalinatas del Templo Mayor rumbo al recinto sagrado de Huitzilopochtli en donde se encontraba depositado el Nahualtezcatl (El espejo del Nahual) para conocer el resultado final de la contienda contra los españoles. Cuauhtemoctzin no pudo llegar a la cúspide, la sangre que había perdido en la batalla debilitó su cuerpo y tuvo que apoyarse en las escalinatas a punto del desmayo. Desde esa altura pudo contemplar con visión borrosa como sus guerreros, los mexicas, continuaban peleando contra los cristianos en el patio del templo.

Tetlepanquetzaliztli fue el primero en llegar a la cúspide, entró apresurado al recinto de Huitzilopochtli y tomó con desesperación el espejo de obsidiana grande, redondo y reluciente. El señor de Tacuba consultó al espejo del nahual y preguntó cuál sería el resultado de la contienda. El espejo de obsidiana perdió su brillo, se opacó, se obscureció, y sólo quedó una pequeña parte brillosa en el centro. El nahualtezcatl dio su respuesta: una imagen borrosa se fue esclareciendo poco a poco en la que se veían apenas unos cuantos macehuales deambulando por la ciudad de Tenochtitlan… Justo, en ese momento, entraban al recinto los demás señores y vieron a Tetlepanquetzaliztli de rodillas en el piso sosteniendo el nahualtezcatl… Al acercarse, observaron, junto con el señor de Tacuba, el destino que deparaba a la gran Tenochtitlan. Tetlepanquetzaliztli, sin poder creer lo que observaba, llorando, descifró el augurio. Volteando la mirada a los otros señores del Anahuac, dijo: Digamos al Señor Cuauhtemoctzin que se baje, pues hemos de perder México”.

Cuando Cuauhtemoctzin conoció el desenlace de la batalla que se libraba al pie del Templo Mayor, su corazón se oprimió, se entristeció. Por un momento, el sol se obscureció. En su ágil mente guerrera buscó una salida, una esperanza, una solución… algo tenía que existir… sus ojos se entrecerraron, su mirada se volvió firme y penetrante, y volteando hacia el norte de la ciudad dijo a los otros señores-guerreros: “¡Tlatelolco! ¡Defendamos Tlatelolco!

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