La noche de Cuitlahuac

Por: Karloz Miranda Yaoehecatl

El 30 de Junio de 1520 el ejercito tenochca comandado por Cuitlahuac venció al ejercito español y sus aliados indígenas. Aquella noche lluviosa se enfrentaron, por vez primera, la espada de acero y la macuahuitl con filos de obsidiana. Nunca antes los españoles, desde su llegada al continente americano, habían luchado contra hombres formados y preparados para la guerra.

Esa noche, los españoles trataron de huir con el oro robado durante su estancia en la ciudad de Tenochtitlan y después de haber asesinado al Tlahtoani Motecuhzoma Xocoyotzin. Pero los mexicas se dieron cuenta de la huida y les cerraron el paso, dándose el enfrentamiento entre los dos ejércitos.

Cuitlahuac, hombre fuerte y maduro, acompañado de su joven primo, Cuauhtemoc, y muchos otros guerreros y capitanes de guerra, luchaban juntos, palmo a palmo, para derrotar al invasor de su tierra.

La batalla ocurrió en una de las tres salidas de la ciudad-isla, en la calzada que iba hacia el poniente. La calzada era amplia, se dice que cabían 20 hombres de a caballo a lo ancho. Hoy, esa calzada se conoce con el nombre de avenida “México-Tacuba”.

Cuitlahuac mandó quitar los puentes que unían la calzada, y ordenó el ataque por los flancos. Decenas de canoas con arqueros atacaron por ambos costados a los invasores, mientras otros guerreros mexicas se sumergían en el lago para llegar a la calzada y enfrentar a los españoles cuerpo a cuerpo. La macuahuitl contra la espada, la lanza española contra la lanza tenochca, el acero contra la obsidiana, y ésta rasgando, cortando y fragmentándose al choque con las armaduras y los cuerpos españoles.

Gritos de guerra, sangre escurriendo por brazos y piernas, cuerpos empapados por la lluvia, sonidos de caracoles, retumbar de tambores… cuchillos de obsidiana encontrando su objetivo, flechas arrancando el último suspiro. La batalla era cruenta y despiadada.

Los españoles se encontraron acorralados. No podían continuar su huida. Al frente, un grupo cada vez mayor de guerreros mexicas les cerraba el paso, además de que les habían quitado los puentes. Atrás de ellos, en la retaguardia, los españoles y sus aliados pasaban serias dificultades para detener la fuerza tenochca que se les venía encima.

En un acto desesperado mucho españoles brincaron al lago pensando en nadar y llegar al otro extremo de la calzada, pero el exceso de peso que llevaban, ya que no quisieron dejar el oro que cargaban y se lo guardaron entre sus ropas, hizo que se hundieran en el fondo de la laguna.

Esa noche, muchos españoles, y cientos o miles de sus aliados, murieron. Otros tantos fueron capturados. La situación para los invasores españoles fue tan caótica y dramática, como nunca antes lo habían vivido, que estuvieron todos a punto de encontrar la muerte esa noche fría y lluviosa, por lo que prometieron que si salían con vida harían una capilla en ese lugar donde luchaban por su existencia.

Fue tal la cantidad de muertos, que muchos de esos cuerpos apilados sirvieron como puente para permitir la huida de los sobrevivientes sobre la calzada. Se dice que Pedro de Alvarado dio un fenomenal brinco en su caballo donde se había quitado uno de los varios puentes, para pasar al otro lado de la calzada y salvar su vida.

Esa noche, se encontró muerto el caballo de Blas Botello, uno de los más grandes nigromantes europeos que acompañó a los españoles y que le dijo a Cortés que esa noche tenían que salir todos de Tenochtitlan porque de no hacerlo, todos, sin excepción, iban a morir. Al hechicero se le había revelado el inminente final de los españoles. En el caballo de Blas Botello estaba amarrada su petaca, y en ella unos papeles donde se leía lo que parece ser un dialogo que tuvo con “alguien”, con quien consultaba la suerte que les esperaba a los españoles esa noche:

-“Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios”

-“No morirás”

– “Si me han de matar, también mi caballo”

– “Si matarán”

Fue un capitán español, Alonso de Ávila, quien encontró llorando a Blas Botello y al preguntarle que le pasaba, éste le dijo que había tenido visiones donde veía a todos los españoles muertos esa noche. El capitán lo llevó con Pedro de Alvarado y éste con Cortés. Les dijo que si no abandonaban la ciudad de Tenochtitlan esa noche, todos iban a morir.

Esa noche, muchos españoles murieron, otros fueron capturados, pero el cuerpo del nigromante europeo nunca apareció.

Esa madrugada lluviosa, agitada, caótica y dramática, como pudieron, los invasores españoles y sus aliados escaparon y salvaron su vida. Después de la batalla, sentado a lado de un viejo ahuahuete, se menciona que, Hernán Cortés lloró su derrota. No se sabe con certeza si lloró por la derrota en sí que le propinaron los mexicas-tenochcas, o por la muerte de sus soldados españoles y aliados, o por todo el oro que perdió esa noche.

Los españoles llegaron a un lugar, en un monte, donde se resguardaron y pudieron descansar del asedio mexica y sanar las heridas de sus soldados. Un soldado, Juan Rodríguez de Villafuerte, traía desde España una pequeña imagen de una virgen, la cual dejaron en ese lugar como muestra de agradecimiento por ayudarles a remediar sus heridas y continuar con vida.

Mientras tanto en Tenochtitlan todo era algarabía y alegría, habían logrado derrotar a los españoles y cobrarse la afrenta que éstos habían hecho a su gente: la matanza perpetrada en el Templo Mayor. Los cantos de jubilo y guerra continuaban sin cesar. Esa noche Tenochtitlan celebró la victoria. Esa noche, Cuitlahuac, que había sido nombrado Tlahtoani para suplir en el cargo a su hermano Motecuhzoma Xocoyotzin asesinado por los españoles, por fin esbozaba una sonrisa tenue. Saboreaba la victoria junto con sus demás guerreros. Desde un principio no había estado de acuerdo con el recibimiento de los invasores, tal y como lo había estado Xicotencatl, el joven príncipe heredero del señorío de Tlaxcala, el cual fue asesinado por oponerse a una alianza con los españoles. Esa noche, por fin Tenochtitlan se había librado de la presencia incomoda de los invasores. Esa noche, Tenochtitlan podría descansar.

Sin embargo, Cuitlahuac, Cuauhtemoc y los demás guerreros no estaban del todo satisfechos, sabían que esa victoria no era perenne y que pronto había de continuar la guerra… como ocurrió.

 

Poco después el gran comandante en jefe de las fuerzas armadas tenochcas, Cuitlahuac, moriría de una extraña enfermedad, desconocida entonces para los mexicas: la viruela. La estancia de los invasores españoles en la ciudad había dejado sus estragos. Habían logrado los mexicas echar de la ciudad a los españoles, pero éstos habían dejada infectada la ciudad, incubada con un virus que a la postre causaría una gran mortandad en la población nahua. Entre las miles de bajas por la epidemia que azotó a Tenochtitlan, murió Cuitlahuac y muchos otros guerreros valiosos para la defensa de la ciudad.

Después de la guerra, los españoles cumplieron su palabra y construyeron una pequeña ermita para agradecer que salvaron la vida y conmemorar a los soldados hispanos que murieron aquella noche-madrugada del 30 de Junio y 1º de Julio. Construyeron la ermita, se menciona, justo enfrente donde sucedió una de las batallas más feroces, sangrientas y dramáticas, y donde estuvieron todos ellos a punto de perder la vida. Llamaron a esta pequeña iglesia “Ermita de los Mártires”. Después, para conmemorar el día en que los españoles vencieron a los mexicas y sus aliados, logrando la rendición de Tenochtitlan, el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito, decidieron tomar el nombre del santo de ese día para ponérselo a la ermita, la cual remodelaron e hicieron más grande, construyendo el templo que con el tiempo se conoció como la “Iglesia de San Hipólito”. Actualmente esta iglesia se conoce con el nombre de “San Judas Tadeo” ubicada en la Avenida Hidalgo y el cruce con Paseo de la Reforma (muy cerca del metro Hidalgo).

El lugar exacto donde, según, Pedro de Alvarado brincó con su caballo una parte de la calzada donde no había puente para salvar su vida, no se conoce, pero en honor a esa supuesta hazaña le pusieron su nombre a una parte de la Avenida México-Tacuba y hoy se conoce ese tramo como “Puente de Alvarado” (entre el metro San Cosme y el metro Hidalgo).

El ahuehuete donde se lamentó y lloró su derrota Hernán Cortés es muy probable que haya sido el que se encuentra en el Cerro de Moctezuma en la comunidad de San Juan Totoltepec, o en el Cerro de Otomcalpulco (casa de los otomíes), ambos en Naucalpan, y no el que se encuentra en Popotla. El de Popotla se encuentra demasiado cerca de lo que fue Tenochtitlan, los hubieran alcanzado y aniquilado.

En el lugar donde los españoles remediaron sus heridas y dejaron una pequeña imagen de la virgen en el cerro de Otomcalpulco, se construyó una pequeña ermita y después una iglesia. Este lugar es conocido en la actualidad como la “Iglesia de los Remedios” en Naucalpan.

Sobre Cuitlahuac, sólo queda un monumento sobre la Avenida Reforma al cruce con la Avenida Ricardo Flores Magón, se conoce como la “Glorieta Cuitlahuac”, a la altura de Tlatelolco o, del otro lado de la avenida, de Tepito. Un lugar olvidado, sucio, basurero, y que se ha convertido en refugio de indigentes. La estatua a Cuitlahuac, en una de sus manos, portaba una macuahuitl, el arma mexica con filo de obsidiana, la cual fue rota quedando la mitad de ella, y ahora, a desaparecido por completo.

Existe un cantito por ahí, obra del Jefe Ameyaltzin, danzante azteca, y que se canta mucho en la Danza de Tradición Conchera, parte de la letra dice así:

 

“Estrellita que alumbras el Alba

Dile al mundo que aún vive Anahuac

Dile al mundo que el Señor Cuitlahuac

Aún defiende a su patria amada

 

Una noche se pierde en la historia

Una noche de luto y de gloria

Moctezuma murió prisionero

Cuitlahuatzin venció al extranjero…”

 

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