Formas de Vida Antigua (II) Un nuevo amanecer

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Amanece, surgen los primeros rayos de luz del vientre de la madre tierra, un nuevo sol nace, veámoslo nacer, démosle la bienvenida al que hace la luz, al que trae el día, saludémoslo con palabras floridas, al niñito precioso, al águila que asciende, recibámoslo con ofrendas, con cantos, con danzas y con el aromático humo del copal; tal vez sea un buen día, tal vez el nuevo sol traiga cosas buenas para todos nosotros.

De esta manera, los antiguos mexicanos recibían al sol, al nuevo día, justo en el amanecer. Se levantaban muy temprano, todavía en la obscuridad de la noche, e iban a los montes, a los templos, o en sus casas, y preparaban su ofrenda: copal, cuyo humo en forma de espiral se elevaba por los cielos; el retumbar de los tambores, de los teponaztlis; el sonido de los caracoles, de las sonajas; alimentos, aves; cantos, danzas; todo estaba listo, preparado, para cuando el sol hiciera su aparición por el horizonte, para cuando emergiera de la boca del gran cipactli. Todo esto era para recibir al nuevo sol, al niñito precioso, xiuhpiltontli, al señor sol, totecuhtli, nuestro señor, Totahtzin Tonatiuh, nuestro padre sol, el águila blanca, Iztacuauhtli. Todo esto era para iniciar el nuevo día.

Esta manera tan peculiar y tan característica que tuvieron los antiguos mexicanos de recibir al sol en su nacimiento, o de recibir el día, es un ejemplo de sus principios y valores, de su cosmovisión, respecto a la vida –entre otras muchas cosas–.

Destaca primero, de esta forma de vida antigua, que se levantaban muy temprano para presenciar la salida del sol, su nacimiento. No se quedaban dormidos en la cama, no eran perezosos ni flojos, ni mucho menos le podían decir al sol, “cinco minutitos”, ya que el sol no espera, es puntual. Así que, tenían que ser puntuales con la cita diaria, levantarse justo a la hora indicada (y eso que no tenían “despertador”) para ir al lugar en donde recibirían al sol y hacer todos los preparativos de la ofrenda.

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Segundo, al sol naciente se le recibía con palabras bonitas, bellas, floridas, como cuando recibían a los niños recién nacidos: “niñito precioso, águila florida, pluma de quetzal, turquesa hermosa…” Y lo recibían con cantos y con danzas, manifestando su alegría y su júbilo por un nuevo día, con ello agradecían. Y era tratado como todo un gran señor que ha llegado, por eso le ofrecían copal y comida.

Después de esto, decían los antiguos mexicanos: “no sabemos cómo cumplirá su camino este día, ni sabemos si acontecerá algún infortunio a la gente… ¡Señor nuestro, haced prósperamente vuestro oficio!”

Esto hacían todos los días al amanecer, para recibir dignamente al sol, el cual era considerado por los antiguos como una divinidad, una energía creadora, ya que hacia la luz, el calor, y con ello el día. Era un ritual de bienvenida, pero también era un ritual de agradecimiento por el nuevo día que se les estaba dando, y por último, era un ritual de petición, pedían que les fuera bien ese día.

Cuantas veces nos levantamos de la cama sin darnos cuenta, sin tener consciencia, que hemos “amanecido”, que “nacimos” de nuevo, que salimos airosos de la “muerte chiquita”. Nos levantamos de manera automática, mecánica, apresurados porque se nos hace tarde. Inconscientes de un nuevo día. Cuantas veces nos levantamos de la cama sin agradecer por ese nuevo día. No agradecemos por haber amanecido, no sabemos dar gracias, mucho menos sabemos ofrendar algo por el regalo que se nos da: la vida. Sabemos pedir, eso si, “…que me vaya bien este día”, pero hemos olvidado agradecer y sobre todo ofrendar.

Si algo debemos aprender de los valores del México antiguo ­–y recuperar– es saber hacer un uso adecuado del lenguaje, de la palabra, la palabra florida, bella, armoniosa, respetuosa. Segundo, saber agradecer, no sabemos dar gracias. A veces pensamos que todo lo merecemos por derecho, que todo se nos da nada más porque si. Y tercero, saber ofrendar, hemos olvidado esto último. La ofrenda era muy importante para los antiguos mexicanos, tenía una doble función. Ofrendar va “junto con pegado” con dar gracias, ofrendamos para agradecer, es una manera de manifestar nuestro agradecimiento por todo lo que se nos ha dado, y segundo, ofrendamos para pedir. Así que la ofrenda, la tlalmanalli, es el nexo entre el agradecimiento y la petición. También, la ofrenda es el medio con lo cual nos comunicamos con lo sagrado; la ofrenda es el vínculo entre el hombre y lo divino, entre lo terrenal y lo celestial. La ofrenda es el lenguaje con las divinidades, con la energías, con la fuerzas, con las esencias.

El recibimiento del sol lo hacían, dicen los textos antiguos, “Todos los días del mundo… Esto se hacia cada día, a la salida del sol; ofrecíanse incienso cuatro veces cada día…”. Así que, el ritual de dar una palabra florida (es decir, hablar de manera respetuosa, bella y elegante), agradecer y de ofrendar, no era en un día especial del año sino que eran todos los días del año.

Pero esta forma antigua de recibir al sol no terminaba ahí, sólo era la “primera parte”. Terminado el día, cuando el sol comenzaba a ocultarse por el horizonte, nuevamente los antiguos mexicanos hacían el ritual, pero ahora era un ritual de despedida, de agradecimiento. Nuevamente ofrecían su palabra florida, tocaban los huehuehqueh (tambores) y los caracoles, cantaban y danzaban, y hacían su ofrenda de copal. Había que despedir al gran señor, “al que nos trajo el día, el calor, la luz”. Había que ser agradecidos y lo mostraban de esa forma.

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Esta manera de actuar demuestra lo conscientes que eran los antiguos mexicanos de estar vivos y de agradecer por ello. Demuestra que valoraban mucho la existencia, demuestra que le daban un gran valor al día, al presente, al hoy. Guardando toda proporción (porque son culturas diferentes con enfoques diferentes, y porque en la antigüedad se le daba prioridad a la comunidad y hoy se da prioridad al individuo), es semejante al análisis existencial (o logoterapia) del psicoanalista Viktor Frankl, con visos del existencialismo moderno (Kierkegaard, Dostoievski, Unamuno, etc.), una especie de combinación de Humanismo-Existencial, que, en resumidas cuentas, nos dice: “vive el hoy, vive tu día lo mejor posible, al máximo, y no te preocupes del ayer ni del mañana, vive el día a día, vive el día de hoy como si fuera el último de tu vida”, etc. (palabras más, palabras menos). Este existencialismo humanista fue, de alguna manera, bien comprendido por los antiguos mexicanos que vivieron cada día agradecidos, que recibían al sol con bellas palabras, que ofrendaban copal, cantos y danzas, por el sólo hecho de ver un nuevo amanecer.

Por: Yaoehecatl KM

Fuentes:

Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las Cosas de Nueva España, México, Editorial Porrúa, 2006.

Fray Toribio de Benavente “Motolinia”, Historia de los Indios de Nueva España, México, Editorial Porrúa, 2006.

Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, México, Editorial Porrúa, 2006.

Viktor Emil Frankl, El hombre en busca de sentido, España, Editorial Herder, 1993.

Post Author: Apromeci

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