¿De dónde surge la celebración de “día de muertos”?

Micailhuitl, Festividad de Muertos.

La “celebración” del “día de muertos” es una tradición mexicana que proviene desde la época prehispánica o, mejor dicho, desde los tiempos del México antiguo.

Más que una “celebración”, era en realidad una festividad religiosa, un acto ceremonioso y ritual para conmemorar y recordar a las personas que ya habían partido a alguno de los cuatro lugares en los que se creía que podía ir el tonalli (alma o espíritu) según la cosmovisión de los antiguos mexicanos.

A diferencia de la actual celebración de “día de muertos” que se realiza los días 1 y 2 de noviembre, en el México antiguo esta tradición de recordar, conmemorar y convivir con los descarnados, duraba cuarenta días, dos “veintenas” de su antiguo calendario, es decir, dos meses de veinte días.

Las “veintenas”  en que se conmemoraba a los ancestros –aquellas personas que nos antecedieron y nos legaron sus formas de vida, sus costumbres, sus tradiciones, su forma de ver y entender el mundo a través de la vida y la muerte– fueron los “meses” noveno y décimo correspondientes al calendario  civil o solar conocido como Xiuhpohualli. Estos meses  eran: Tlaxochimaco tambien llamado Micailhuitontli, que significa, “la pequeña festividad de los muertos”, y Xocotl Huetzin, también llamado Huey Micahiluitl, que quiere decir, “La gran festividad de los muertos”. Micailhuitontli se celebraba del 12 al 31 de julio, según los informes de fray Bernardino de Sahagún[1] y del 8 al 27 de agosto  según fray Diego Durán.[2] Huey Micailhuitl, “la gran festividad de muertos” se celebraba del 1 al 20 de agosto según Sahagún[3] y del 28 agosto al 16 de septiembre según Durán.[4]

En la “veintena” de Micailhuitontli se conmemoraba a los “niños  inocentes muertos” por lo cual también se le llamaba la “festividad de los muertecitos”. Se ofrendaba cacao, cera, aves, semillas, copal y comida.[5] Los hombres danzaban con las mujeres tomados de las manos o abrazados, danzaban despacio, suave, de manera ceremonial; y cantaban en los patios de los templos hasta bien entrada la noche.[6] La figura del signo de estos días era un muerto amortajado sentado en un icpalli (silla o trono)  pintado entre nubes.[7] En aquellos dias, los ancianos bañaban a los niños, les cortaban el pelo, los ungían y los emplumaban; ofrecían ese servicio para que estos pequeños no murieran.[8]

En la “veintena” de Huey Micailhuitl, “la gran festividad de los muertos”, se conmemoraba a los muertos adultos. Esta festividad religiosa era una de las principales de todo el año. Los tlamacazqueh (sacerdotes) se atuendaban con sus mejores galas, rica plumería, oro y piedras preciosas, lo mismo hacía el resto de al población. Así, los ministros del templo levantaban en el patio del teocalli un gran madero llamado Xocotl y en su cúspide ponían un pájaro hecho de masa de amaranto (tzoalli),[9] el cual debían bajar y derribar el madero tras varios rituales, por eso se le llamaba a esta ceremonia Xocotl Huetzi que quiere decir, “la caída del Xocotl (del madero)”[10] Se ofrendaba en estos días mucha comida y “vino de la tierra”, es decir, pulque. Los hombres y mujeres realizaban una danza muy solemne alrededor del Xocotl antes de derribarlo, e iban ricamente ataviados con plumas y joyas; en los brazos y piernas llevaban plumas rojas. En estos días, todos tenían permiso para beber pulque, a excepción de los jóvenes que les estaba prohibido so pena de castigo.[11]

Cuatro eran los lugares a donde iban los muertos, según las creencias de los antiguos mexicanos. El lugar de destino estaba determinado por la manera en que la persona moría. Si morían peleando, en un campo de batalla, según era el caso de los guerreros, estos iban a la casa del sol, al Tonalcalco o Tonatiuhichan, ya que el sol era considerado el “guerrero mayor” pues todos los días salia victorioso y triunfante de su paso por el Mictlan en donde había vencido a la muerte. Se creía que estos guerreros acompañaban al sol en su trayecto celeste. También, aquellas mujeres que morían en su primer parto, eran consideradas guerreras y se decía que iban también a la casa del sol; éstas acompañarían al sol en el atardecer, cuando el “gran guerrero” estuviera a punto de entrar al Mictlan y librar una nueva batalla. A este tiempo-espacio en que las mujeres muertas consideradas guerreras acompañan al sol desde el cenit hasta la puesta de éste que está  en el poniente se le llama: “cihuatlampa”. Se creía que después de cuatro años,  estos guerreros que estaban en el Tonalcalco, podían regresar a la tierra en forma de colibrí o mariposa y podían visitar a sus familiares, descendientes o amigos.

Si la persona moría ahogada, o su muerte tenía alguna relación con el agua,  entonces se pensaba que iba al Tlalocan, el lugar de Tlaloc, el señor de las aguas celestiales, de las montañas y de la tierra fértil. Se creía que el Tlalocan era una especie de “paraíso” en el que abundaban todo tipo de plantas, flores y frutos, verdes valles y montañas frondosas, ríos y lagos; un lugar lleno de vida en el que las personas estarían muy contentas. Si la persona moría de muerte natural, entonces iría al Mictlan, el lugar de la muerte, de la quietud, del eterno reposo. Antes de llegar a este lugar, tendrían que pasar por nueve obstáculos y peligrosas pruebas, conocidos como “niveles o pisos del inframundo” los cuales tendrían que ir salvando uno por uno.

En el primer nivel, llamado Itzcuintlan o Apanohuayan, “el lugar de los perros” o “ el lugar donde se tiene que cruzar el agua”, respectivamente, el muerto debia cruzar un enorme río, para lograrlo, un perro de color bermejo le reconocería como su antiguo amo y lo ayudaría a cruzar el río. En el segundo nivel, llamado Tepetl Monamicyan, “el lugar de las montañas que se juntan”, era un lugar en el que había dos montañas que chocaban entre si, el difunto debía pasar por el único camino existente entre estas dos montañas, calculando el momento propicio para pasar y no quedar atrapado o aplastado. El tercer nivel era llamado Itztepetl, “montaña de obsidiana”, era un lugar con una montaña cubierta con navajas de obsidiana, el muerto debía escalar y cruzar esta montaña siendo cortado y desgarrado por las filosas obsidianas. El cuarto nivel era un lugar de fuertes y fríos vientos, cortantes como obsidiana, cubierto de hielo y nieve, conocido como Itzehecayan, “lugar de viento de obsidiana”. Se decía que este lugar era una sierra con aristas cortantes compuesta de ocho collados en los que siempre caía nieve. El quinto nivel era conocido como Pancuecuetlacayan, “el lugar donde flotan las pantlis” (banderas o estandartes). Era un enorme desierto gélido constituido por ocho páramos, aquí tambien soplaban fuertes vientos gélidos. Se decía que el muerto tendía a ser elevado por los vientos y volar o flotar como bandera. Debía buscar la manera de no ser arrebatado bruscamente por los vientos y cruzar ese camino. El sexto nivel era el Temiminaloyan, “el lugar donde la gente es flechada”. En este lugar existía un largo camino en cuyos costados aparecían unas manos que lanzaban puntiagudas flechas a los muertos para atravesarlos y desangrarlos, por lo que debían evitar a toda costa ser flechados. El séptimo nivel era el Teyolocualoyan, “el lugar donde se come el corazón de la gente”. Aquí habitaban fieras salvajes, se cree que eran jaguares, que atrapaban a los caminantes y les abrían el pecho para comerles su corazón, sin éste el difunto caía a un río de aguas negras en que quedaría atrapado y muy dificilmente podría salir. Por esa razón debía evitar encontrarse con el jaguar, pero si lo encontraba, llevaría consigo un jade verde el cual ofrecería al felino a cambio de que no se comiera su corazón. El octavo nivel se llamaba Itzmictlan Apochcalocan, “el lugar de la muerte de obsidiana y de la casa que humea con agua”, era un lugar lleno de humo, de neblina, que cegaba a los muertos, no les permitía ver el camino, perdiéndose incontables veces. El noveno nivel era un enorme valle compuesto de nueve ríos profundos, a este lugar llamaban Chignahuapan “el lugar de los nueve rios”. El muerto debia cruzarlos para por fin llegar al Mictlan, el lugar en donde habitaban Mictlantecuhtli “el señor de la muerte” y Mictecacihuatl, “la mujer  de la muerte”, la pareja del inframundo. Estos le recibirían finalmente para otorgarle el descanso y el reposo eterno. Se creía que el tiempo que duraba en cruzar el muerto los nueve obstáculos era de cuatro años, tiempo en el que sus familiares hacían ofrendas, ritos y ceremonias para que su muerto pudiera llegar a salvo al Mictlan. Después de estos cuatro años, no le hacían más ceremonias, el muerto estaba por fin descansando.

El cuarto y último lugar a donde iban los muertos, estaba destinado a los niños. Cuando estos pequeños morían por cualquier causa, se decía que iban  a un lugar en donde existía un enorme árbol de cuyas frondosas ramas escurría leche para que éstos pudieran beberla y seguir alimentándose.  Este lugar era conocido como Chichihuacuauhco, “el lugar del árbol con chichis” o “del árbol de leche” como le llaman otros, era en fin un árbol nodriza. Algunos creían que estos niños, cobijados por las grandes ramas de este inmenso árbol, poblarían nuevamente la tierra cuando la humanidad actual fuese de nuevo destruida. Así, en un lugar de muerte, se gesta la vida.

La muerte fue para los antiguos mexicanos en realidad una prolongación de la vida, de la existencia. El Tonalli de las personas iría a algún lugar en donde continuaría existiendo y cumpliendo con alguna función. La muerte como una conclusión total y definitiva de la vida no existía en la cosmovisión mesoamericana. La gente iba a algún lugar por la manera en que moría a diferencia de algunas otras religiones  en el que el destino después de la muerte está determinado por el acto de creer, si crees “aquello o lo otro”, o por una elevada moral, “si te portas bien, si te portas mal”…

Por último, según algunos estudiosos de las prácticas indígenas, los antiguos mexicanos se despedían diciendo: “… y que la muerte que traes a tus espaldas, te dé larga vida”… Totazqueh!!!

 

[1] Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las Cosas de la Nueva España, México, Editorial Porrúa, 2006, p. 82

[2] Fray Diego Durán, Historia de las Indias de Nueva España e Islas de la Tierra Firme, México, Editorial Porrúa, 2006, p. 269

[3] Fray Bernardino de Sahagún, Op. cit., p. 83

[4] Fray Diego Durán, Op. cit., p. 271

[5] Ibidem, p. 270

[6] Sahagún, Op. cit., pp. 82-83

[7] Durán, Op. cit., p. 270

[8] Idem

[9] Sahagún, Op. cit., p. 82

[10]Durán, Op. cit., p. 272

[11] Ibidem, pp.272-273

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